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UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA
Facultad de Arquitectura y Urbanismo

Comisión de Estudios de Postgrado
Curso de ampliación de conocimientos

Las dimensiones no presenciales del espacio

Prof. Sandra Pinardi

Comentarios del Texto "Carta de un Loco" (“Lettre d’un Fou”)
Guy de Maupassant
Juan Alcalá - Caracas 21.04.2004

Carta de un loco (1)

"Mi querido doctor, me pongo en sus manos. Haga conmigo lo que usted quiera.
Le mostraré con toda franqueza mi extraño estado de espíritu, y verá usted si es necesario que me someta durante algún tiempo a un tratamiento en un sanatorio, en lugar de seguir preso de las alucinaciones y sufrimientos que me acosan.
He aquí la historia, larga y exacta, del singular mal de mi alma.
Vivía como todo el mundo, mirando la vida con los ojos abiertos y ciegos [ I ] del hombre, sin asombrarme y sin comprender. Vivía como viven las bestias, como vivimos todos, llevando a cabo todas las funciones de la existencia, examinando y creyendo ver, creyendo saber, creyendo conocer lo que me rodea, cuando, un día, me di cuenta que todo es falso. [ II ]

Ha sido una frase de Montesquieu la que ha aclarado bruscamente mi mente. Hela aquí: “Un órgano más o menos en nuestra máquina nos habría dotado de otra inteligencia …Al final todas las leyes establecidas sobre el hecho de que nuestra máquina es de cierta manera serían diferentes si nuestra máquina no fuese de esta manera. (2)

Pensé sobre esto durante meses y meses, y, poco a poco, una extraña claridad entró en mí y esta claridad hizo la noche.

En efecto, nuestros órganos son los únicos intermediarios entre el mundo exterior y nosotros. Es decir, que el ser interior que constituye el yo, se encuentra en contacto, por medio que terminaciones nerviosas, con el ser exterior que constituye el mundo. Ahora bien, además que este ser exterior se nos escapa por sus proporciones, su duración, sus propiedades innumerables e impenetrables, sus orígenes, su porvenir o sus fines, sus formas lejanas y sus infinitas manifestaciones, lo que nuestros órganos nos aportan solo nos permite conocer informaciones tan inciertas como poco numerosas. Inciertas, porque son únicamente las propiedades de nuestros órganos las que determinan para nosotros las propiedades aparentes de la materia. Poco numerosas, porque siendo nuestros sentidos apenas cinco, el campo de sus investigaciones y la naturaleza de sus revelaciones se encuentran tremendamente restringidos.

Me explico. El ojo nos indica las dimensiones, las formas y los colores. El ojo nos engaña sobre estos tres puntos. [ III ]
El ojo solo nos puede revelar los objetos de dimensión media, en proporción con la talla humana, lo que nos ha conducido a aplicar la palabra grande para ciertas cosas y la palabra pequeño para ciertas otras, únicamente porque su debilidad no le permite conocer lo que es demasiado vasto o demasiado menudo para este. De donde resulta que no sabe ni ve casi nada, ‘que l’univers presque entier lui demeure caché’ [ IV ] que el universo casi entero ‘le permanece’ oculto, la estrella que habita el espacio y el animálculo que habita la gota de agua. (3)

(1) Relato publicado en el Gil Blas del 17 de febrero de 1885 y no seleccionado por Maupassant. Texto del Gil Blas.
(2) Montesquieu (1689-1755), autor entre otros de Essai sur le goût (1783) L. Forestier señala una variante con respecto al texto de Maupassant: “Un órgano […] nos habría dado otra elocuencia […]” (éd. cit., vol. 2, p. 1459). El paso de la elocuencia a la inteligencia muestra hasta que punto Maupassant hace relativa nuestras certezas y nuestro punto de vista sobre el mundo.
(3) Lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño se le escapa al hombre. Hay que referirse al célebre pensamiento de Pascal (1623-1662) sobre los dos infinitos: “Desproporción del hombre” : “Nuestra inteligencia se sostiene del orden de cosas inteligibles en el mismo rango que nuestro cuerpo en la inmensidad de la naturaleza. Limitado de todas las maneras, este estado que se mantiene entre dos extremos se encuentra en todos nuestras aptitudes. Nuestros sentidos no perciben nada extremo” (Pensées, éd. Ph. Sellier, Classiques Garnier, 1991, nº 230).

Incluso si tuviese cien millones más de su poder normal, si se percatara en el aire que respiramos de todas las razas de seres invisibles, así como de los habitantes de planetas vecinos, existirían aún un número infinito de razas de bestias más pequeñas y mundos tan lejanos que no podría alcanzar a ver. Entonces todas nuestras ideas de proporción son falsas ya que no hay límites ni en la grandeza ni en la pequeñez. [ V ]
Nuestra apreciación sobre las dimensiones y las formas no tiene ningún valor absoluto, estando determinadas únicamente por el poder de un órgano y por una comparación constante con nosotros mismos. Agreguemos que el ojo es aún incapaz de ver lo transparente. Un vidrio sin defectos lo engaña. Lo confunde con el aire al cual tampoco ve.

Pasemos al color.
El color existe porque nuestro ojo está constituido de cierta forma que le transmite al cerebro, bajo forma de color, las diversas maneras en que los cuerpos absorben y descomponen, según su constitución química, los rayos luminosos que le golpean. Todas las variaciones de esta absorción y descomposición constituyen los matices. Entonces este órgano impone al espíritu su manera de ver, o mejor dicho su manera arbitraria de constatar las dimensiones y de apreciar las relaciones de la luz y la materia.

Examinemos el oído.
Aún más que el ojo, somos el juguete y las víctimas de este órgano fantasista. Dos cuerpos al frotarse producen una vibración determinada en la atmósfera. Este movimiento hace estremecerse en nuestra oreja una cierta piel que inmediatamente se vuelve ruido, que en realidad no es más que una vibración. La naturaleza está muda. Pero el tímpano posee la propiedad milagrosa de transmitirnos en forma de sonido, y de sonidos diferentes según el número de vibraciones, todos los estremecimientos de las invisibles ondas del espacio. Esta metamorfosis realizada por el nervio auditivo en el corto trayecto de la oreja al cerebro nos ha permitido crear un extraño arte, la música, la más poética y la más precisa de las artes, vaga como un sueño y exacta como el álgebra.

¿Qué decir del gusto y del olor? ¿Conoceríamos los perfumes y las cualidades de los alimentos sin las bizarras propiedades de nuestra nariz y nuestro paladar? La humanidad podría existir mientras tanto sin el oído, sin el gusto y sin olfato, es decir, sin ninguna noción de ruido, sabor y olor.
Entonces, si tuviésemos algunos órganos menos, ignoraríamos admirables y singulares cosas, pero si tuviésemos algunos órganos más, descubriríamos a nuestro alrededor una infinidad de otras cosas que jamás sospecharíamos a falta de medios para constatarlas.
Entonces, nos equivocamos juzgando lo conocido, y estamos rodeados de inexplorado desconocido. [ VI ]

Entonces, todo es incierto y apreciable de distintas maneras.

Todo es falso, todo es posible, todo es dudoso.
Formulemos esta certeza utilizando el viejo refrán: “Verdad de este lado de los Pirineos, error mas allá. (1)
Y diciendo: verdad en nuestro órgano, error al lado.

(1) De Nuevo Pascal “Verdad de este lado de los Pirineos, error más allá” (éd. cit., nº 94), en Misère. Se trata de demostrar lo inmenso de la miseria del hombre, así como el carácter miserable de sus pretensiones de conocer, saber juzgar. Tanto del lado del alma como del lado del cuerpo reina la misma miseria. Nos vemos sorprendidos por el carácter teórico de este texto donde Maupassant se esfuerza en demostrar la invalidez humana. Esta reflexión conduce al “loco” al borde del abismo.

Dos y dos no deben sumar cuatro afuera de nuestra atmósfera.
Verdad sobre la tierra, error más lejos, de donde concluyo que los misterios entrevistos [‘entrevus’ en el texto original se puede traducir aquí como entrevisto, aquello que se puede advertir pero que no se alcanza a ver] como la electricidad, el sueño hipnótico, la transmisión de la voluntad, la sugestión, todos los fenómenos magnéticos, ‘nos permanecen’ ocultos solo porque la naturaleza no nos dotó del órgano o los órganos necesarios para comprenderlos.
Después de haberme convencido que todo lo que me revelan mis sentidos existe tal como lo percibo solo para mí y sería totalmente distinto para otro ser organizado de otra manera, luego de haber concluido que una humanidad distinta tendría sobre el mundo, sobre la vida, sobre todo, ideas absolutamente opuestas a las nuestras, ya que el acuerdo en las creencias resulta de la similitud de los órganos humanos, y las divergencias de opiniones provienen solo de las ligeras diferencias de funcionamiento de nuestras terminaciones nerviosas, he hecho un esfuerzo de pensamiento sobrehumano para sospechar lo impenetrable que me rodea.

¿Me he vuelto loco?
Me dije: “estoy rodeado por cosas desconocidas.” Me imagino al hombre sin orejas y suponiendo el sonido como suponemos tantos misterios escondidos, el hombre constatando fenómenos acústicos de los cuales no podrá determinar ni la naturaleza, ni la procedencia. Y tuve miedo de todo a mí alrededor, miedo del aire, miedo de la noche. Partiendo del punto que no podemos conocer casi nada, y del punto que todo es ilimitado, ¿qué es el resto? ¿No es el vacío? ¿Qué hay en el aparente vacío?

¡Y este terror confuso de lo sobrenatural que acosa al hombre desde el nacimiento del mundo es legítimo ya que lo sobrenatural no es otra cosa que aquello que nos permanece velado!

Entonces comprendí el terror. Me pareció aproximarme sin cesar al descubrimiento de un secreto del universo. Intenté agudizar mis órganos, de excitarlos, de hacerles percibir por momentos lo invisible. Me dije: “Todo es un ser. El grito que pasa por el aire es un ser comparable a la bestia, ya que nace, produce un movimiento y se transforma de nuevo para morir. Ahora bien, ¿El espíritu temeroso que crea a seres incorpóreos no tiene entonces razón? ¿Quiénes son? Cuántos hombres los presencian, se estremecen a su acercamiento, tiemblan ante su inapreciable contacto. Los sentimos junto a uno, alrededor de uno, pero no les podemos distinguir, al no tener el ojo que les vea o mejor dicho el órgano desconocido que pudiese descubrirlos.

Entonces, más que nadie, los sentía, yo, a estos pasantes sobrenaturales. ¿Seres o misterios? ¿Lo sé yo? No podría decir lo que son, pero podré siempre señalar sus presencias. Y vi -- yo vi un ser invisible – al punto que uno puede ver estos seres.
Permanecí noches enteras inmóvil, sentado frente a mi mesa, la cabeza en mis manos y pensando en ellos. Con frecuencia creí que una mano intangible, o más bien un cuerpo imperceptible, me rozaba ligeramente el cabello. No me tocaba, al no tener ninguna esencia carnal, sino una esencia imponderable, ‘desconocible’. [Inconnaissable en el texto original denota lo desconocido inconnu que además no tiene la propiedad de darse a conocer.]

Ahora bien, una noche, escuché crujir el parquet detrás de mí. Crujió de una manera singular. Temblé. Me volteé. No lo vi. Nada. Y no dormí más.
Pero al día siguiente, a la misma hora, el mismo ruido se produjo. Tuve tanto miedo que me levanté, seguro, seguro, que no estaba solo en mi habitación. Sin embargo no se veía nada. El aire estaba limpio, transparente por doquier. Mis dos lámparas iluminaban todo.
El ruido no se repitió y me calmé poco a poco; mientras tanto estuve inquieto, volteándome con frecuencia.
Al día siguiente me encerré temprano, buscando la manera llegar a ver El Invisible que me visitaba.

Y lo vi. Casi me muero del terror.
Había encendido todas las velas de mi chimenea y de mi araña. La pieza estaba iluminada como para una fiesta. Mis dos lámparas ardían sobre la mesa. Frente a mí, mi cama, una vieja cama de columnas de roble, A la derecha mi chimenea. A la izquierda, mi puerta que había cerrado con llave. Detrás de mí, un gran armario de vidrio. Me miré en él. Tenía los ojos extraños y las pupilas muy dilatadas.
Entonces me senté como todos los días. El ruido se había producido, anoche y anteanoche, a las nueve horas veintidós minutos. Esperé. Cuando llegó el momento preciso, percibí una indescriptible sensación, como si un fluido, un fluido irresistible hubiese penetrado en mi por todas las porciones de mi carne, ahogando mi alma de un terror atroz. Y el crujir se hizo todo contra mí. Me puse de pie volteándome tan rápido que casi me caigo. Se veía como en pleno día ¡Y no ví mi reflejo en el vidrio! Estaba vacío, claro, lleno de luz. Yo no estaba adentro, y estaba enfrente mientras tanto. Lo miré con ojos alarmados. No osé a aproximármele, sintiendo que Él estaba entre nosotros, Él, El Invisible, Él ocultaba mi reflejo.

¡Cómo tuve miedo! Y justo allí me comienzo a percatar de una bruma al fondo del espejo, una bruma como se ve a través del agua; y me pareció que ésta agua se deslizaba de izquierda a derecha, lentamente, haciéndose más precisa de segundo a segundo. Era como el final de un eclipse. Aquello que me ocultaba no tenía contorno, era una suerte de transparencia opaca que se aclaraba poco a poco.
Y puede finalmente distinguirme netamente, así como lo hago todos los días al mirarme.
Lo había visto entonces.
Y no lo volví a ver.
Pero lo espero sin cesar, y siento que mi cabeza se extravía en esta espera.
Permanezco durante horas, noches, días, semanas, enfrente del vidrio, esperándolo y no viene. Comprendió que lo había visto. Pero yo siento que esperaré por siempre, hasta la muerte, lo esperaré sin descanso, frente a este vidrio, como un cazador al acecho.
Y en este vidrio comencé a ver imágenes locas, monstruos, cadáveres repugnantes, toda clase de bestias espantosas, seres atroces, todas las visiones inverosímiles que deben frecuentar el espíritu de los locos.
He aquí mi confesión, mi querido doctor. Dígame lo que debo hacer.

Comentarios:

[ I ] ”…los ojos abiertos y ciegos del hombre”. Esta frase tan sugerente, tan potente, puede resumir la paradoja de la visión humana, inmensamente rica y poderosa y a la vez extremadamente limitada. Habla de la ceguera en nuestra visión cotidiana del mundo, del entorno, de los seres y cosas que nos rodean. La visión nos aporta unos datos que nuestra cerebro interpreta mediante un “plexo de conexiones”, mediante un flujo de significados que le otorgan un sentido, pero lo que vemos no es lo que creemos ver. Las cosas y los seres, lo que estos son en sí mismos, no es lo que logramos ver de estos, vemos solo espectros, fantasmas, vestigios.

[ II ] “…examinando y creyendo ver, creyendo saber, creyendo conocer lo que me rodea, cuando, un día, me di cuenta que todo es falso”. Todo es falso, no hay certezas. Como seres en el mundo creemos ver, saber, conocer, lo que nos rodea, pero esto que nos rodea es completamente insondable, inalcanzable, ilimitado, infinito, solo logramos ver una ‘parcelle’ una porción, un pedazo. Ni siquiera podemos sospechar lo que se nos escapa, lo que permanece oculto.

[ III ] “El ojo nos indica las dimensiones, las formas y los colores. El ojo nos engaña sobre estos tres puntos.” De nuevo una alusión a la experiencia de la visión, en la que el ojo nos engaña, no solo estamos ciegos frente al mundo sino que lo que logramos ver, lo que resulta de la experiencia visual es engañoso, por estar subordinado a las cualidades de nuestra visión y a la comparación, el reporte constante con nuestro cuerpo de las cosas y seres en el mundo.

[ IV ] “…el universo entero…” ¿lo habita, lo reside, le resulta? Demeure: morada, estancia, mansión, residencia, mora, Demeurer: quedarse, permanecer, residir. El ojo reside en un universo que le es oculto, habitar lo oculto, el universo le permanece oculto al ojo.

[ V ] “Entonces todas nuestras ideas de proporción son falsas ya que no hay límites ni en la grandeza ni en la pequeñez.” Incapaces de ver más allá de los límites que supone nuestra vista, siempre necesitando un apéndice, un dispositivo, un instrumento, un aparato que nos acerque o nos aleje, que conduzca nuestra vista a donde no puede llegar por si misma. Lo que extraemos del mundo por esta vía resulta altamente limitado (a pesar de los niveles de amplitud que puedan alcanzarse). Nuestra visión con o sin apéndice, recoge datos de solo una fracción del mundo, del ambiente, dejando por fuera el resto, la gran inmensidad restante que siempre se escapa.

[ VI ] “Entonces, nos equivocamos juzgando lo conocido, y estamos rodeados de inexplorado desconocido.” La idea de la equivocación en nuestro juicio, en nuestra producción de conocimientos, siempre presente en el campo de las ciencias puras, especialmente la física, revela la necesidad de constituir a esta producción de conocimientos como un conjunto abierto. Estar rodeado de inexplorado y desconocido supone la necesidad de ver más allá, de mirar hacia las fisuras, darse cuenta de lo incompleta que es la manera como vemos y entendemos el mundo y sus fenómenos. Evadir “el error cultural de pretender que lo que se declara da cuenta de lo que acontece.”

Este texto podría verse como un gran conjunto de perogrulladas, sin embargo considero que es un claro y condensado intento de enunciar con toda franqueza las limitaciones del ser humano como ser en el mundo, como ser reflexivo. El relato muestra la necesidad de entender que lo que percibimos del mundo y lo que a partir de esto creemos saber, excluye la infinidad que constituye el resto, lo que no percibimos, lo otro, lo que está más allá y sin lo cual lo que sentimos estaría completamente desconectado, carente de sentido, sería inexistente. La locura alcanzada por una lucidez extrema, creo que antes de comenzar a sentir al Invisible, el personaje esta completamente cuerdo, es decir, la claridad y precisión con que enuncia todas esas ideas es digna de una mente brillante y en claro estado de salud mental, pero al mismo tiempo ‘el encuentro con lo otro’, con lo Invisible, supone el traspaso del umbral de la cordura a la locura."